Page 39 - El Príncipe
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hicieron al principio, y gracias a ciertos jefes, algunos progresos que les
dieron fama de bravas; pero que demostraron lo que valían en cuanto
aparecieron a la vista ejércitos extranjeros. De tal suerte que Carlos, rey de
Francia, se apoderó de Italia con un trozo de tiza. Y los que afirman que la
culpa la tenían nuestros pecados, decían la verdad, aunque no se trataba de
los pecados que imaginaban, sino de los que he expuesto. Y como estos
pecados los cometieron los príncipes, sobre ellos recayó el castigo.
Quiero dejar mejor demostrada la ineficacia de estos ejércitos. Los
capitanes mercenarios o son hombres de mérito o no lo son; no se puede
confiar en ellos si lo son porque aspirarán siempre a forjar su propia
grandeza, ya tratando de someter al príncipe su señor, ya tratando de
oprimir a otros al margen de los designios del príncipe; y mucho menos si
no lo son, pues con toda seguridad llevarán al príncipe a la ruina Y a quien
objetara que esto podría hacerlo cualquiera, mercenario o no, replicaría con
lo siguiente: que un principado o una república deben tener sus milicias
propias; que, en un principado. el príncipe debe dirigir las milicias en
persona y hacer el oficio de capitán; y en las repúblicas, un ciudadano; y si
el ciudadano nombrado no es apto, se lo debe cambiar; y si es capaz para el
puesto, sujetarlo por medio de leyes. La experiencia enseña que sólo los
príncipes y repúblicas armadas pueden hacer grandes progresos, y que las
armas mercenarias sólo acarrean daños. Y es mas difícil que un ciudadano
someta a una república que está armada con armas propias que una armada
con armas extranjeras.
Roma y Esparta se conservaron libres durante muchos siglos porque
estaban armadas. Los suizos son muy libres porque disponen de armas
propias. De las armas mercenarias de la antigüedad son un ejemplo los
cartagineses, los cuales estuvieron a punto de ser sometidos por sus tropas
mercenarias, después de la primera guerra con los romanos, a pesar de que
los cartagineses tenían por jefes a sus mismos conciudadanos. Filipo de
Macedonia, nombrado capitán de los tebanos a la muerte de Epaminondas,
les quitó la libertad después de la victoria. Los milaneses, muerto el duque
Felipe, tomaron a sueldo a Francisco Sforza para combatir a los venecianos;
y Sforza venció al enemigo en Caravaggio y se alió después con él para
sojuzgar a los milaneses, sus amos. El padre de Francisco Sforza, estando al
servicio de la reina Juana de Nápoles, la abandonó inesperadamente; y ella,
al quedar sin tropas que la defendiesen, se vio obligada, para no perder el
reino, a entregarse en manos del rey de Aragón. Y si los florentinos y

