Page 43 - El Príncipe
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príncipe,  una  vez  que  han  triunfado,  necesitan  esperar  tiempo  y  ocasión,
                pues no constituyen un cuerpo unido y, por añadidura, están a sueldo del
                príncipe. En ellas, un tercero a quien el príncipe haya hecho jefe no puede

                cobrar en seguida tanta autoridad como para perjudicarlo. En suma, en las
                tropas mercenarias hay que temer sobre todo las derrotas; en las auxiliares,
                los triunfos.
                   Por  ello,  todo  príncipe  prudente  ha  desechado  estas  tropas  y  se  ha
                refugiado en las propias, y ha preferido perder con las suyas a vencer con
                las otras, considerando que no es victoria verdadera la que se obtiene con
                armas  ajenas.  No  me  cansaré  nunca  de  elogiar  a  César  Borgia  y  su

                conducta. Empezó el duque por invadir la Romaña con tropas auxiliares,
                todos  soldados  franceses,  y  con  ellas  tomó  a  Imola  y  Forli.  Pero  no
                pareciéndoles  seguras,  se  volvió  a  las  mercenarias,  según  él  menos
                peligrosas; y tomó a sueldo a los Orsini y los Vitelli. Por último, al notar
                que  también  éstas  eran  inseguras,  infieles  y  peligrosas,  las  disolvió  y
                recurrió  a  las  propias.  Y  de  la  diferencia  que  hay  entre  esas  distintas

                milicias se puede formar una idea considerando la autoridad que tenía el
                duque cuando sólo contaba con los franceses y cuando se apoyaba en los
                Orsini y Vitelli, y la que tuvo cuando se quedó con sus soldados y descansó
                en sí mismo: que era, sin duda alguna, mucho mayor, porque nunca fue tan
                respetado como cuando se vio que era el único amo de sus tropas.
                   Me había propuesto no salir de los ejemplos italianos y recientes; pero no
                quiero olvidarme de Hierón de Siracusa, ya que en otra parte lo he citado.

                Convertido, como expliqué, en jefe de los ejércitos de Siracusa, advirtió en
                seguida de la inutilidad de las milicias mercenarias, cuyos jefes tenían los
                mismos  defectos  que  nuestros  italianos;  y  como  no  creía  conveniente
                conservarlas ni licenciarlas, eliminó a sus jefes. E hizo la guerra con sus
                tropas y no con las ajenas. Quiero también recordar un episodio del Viejo
                Testamento  que  viene  muy  al  caso.  Ofreciéndose  David  a  Saúl  para

                combatir a Goliat, provocador filisteo, Saúl, para darle valor, lo armó con
                sus armas; pero una vez que se vio cargado con éstas, David las rechazó,
                diciendo que con ellas no podría sacar partido de sí mismo y que prefería ir
                al encuentro del enemigo con su honda y su cuchillo.
                   En fin, sucede siempre que las armas ajenas o se caen de los hombros del
                príncipe, o le pesan, o le oprimen. Carlos VII, padre del rey Luis XI, una
                vez que con su fortuna y valor liberó a Francia de los ingleses, conoció esta

                necesidad  de  armarse  con  sus  propias  armas  y  ordenó  en  su  reino  la
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