Page 36 - El Príncipe
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                Capítulo


                De los principados eclesiásticos



                Sólo nos resta discurrir sobre los principados eclesiásticos, respecto a los
                cuales todas las dificultades existen antes de poseerlos, pues se adquieren o
                por valor o por suerte, y se conservan sin el uno ni la otra, dado que se
                apoyan  en  antiguas  instituciones  religiosas  que  son  tan  potentes  y  de  tal

                calidad, que mantienen a sus príncipes en el poder sea cual fuere el modo en
                que éstos procedan y vivan.
                   Estos son los únicos que tienen Estados y no los defienden; súbditos, y
                no los gobiernan. Y los Estados, a pesar de hallarse indefensos, no les son
                arrebatados, y los súbditos, a pasar de carecer de gobierno, no se preocupan,
                ni piensan, ni podrían sustraerse a su soberanía. Son, por consiguiente, los

                únicos  principados  seguros  y  felices.  Pero  como  están  regidos  por  leyes
                superiores, inasequibles a la mente humana, y como han sido inspirados por
                el Señor, sería oficio de hombre presuntuoso y temerario el pretender hablar
                de ellos. Sin embargo, si alguien me preguntase a qué se debe que la Iglesia
                haya llegado a adquirir tanto poder temporal, ya que antes de Alejandro, no
                sólo  las  potencias  italianas,  sino  hasta  los  nobles  y  señores  de  menor
                importancia respetaban muy poco su fuerza temporal, mientras que ahora ha

                hecho  temblar  a  un  rey  de  Francia  y  aun  pudo  arrojarlo  de  Italia,  y  ha
                arruinado  a  los  venecianos,  no  consideraría  inútil  recordar  las
                circunstancias, aunque sean bastante conocidas.
                   Antes que Carlos, rey de Francia, entrase en Italia, esta provincia estaba
                bajo  la  dominación  del  papa,  de  los  venecianos,  del  rey  de  Nápoles,  del
                duque  de  Milán  y  de  los  florentinos.  Estas  potencias  debían  tener  dos

                cuidados principales: evitar que un ejército extranjero invadiese a Italia y
                procurar  que  ninguna  de  ellas  preponderara.  Los  que  despertaban  más
                recelos eran los venecianos y el papa. Para contener a aquéllos era necesaria
                una coalición de todas las demás potencias, como se hizo para la defensa de
                Ferrara. Para contener al papa, bastaban los nobles romanos, que, divididos
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