Page 35 - El Príncipe
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tienen en alta estima los ejercicios militares, que reglamentan con infinidad
de ordenanzas.
Un príncipe, pues, que gobierne una plaza fuerte, y a quien el pueblo no
odie, no puede ser atacado; pero si lo fuese, el atacante se vería obligado a
retirarse sin gloria, porque son tan variables las cosas de este mundo que es
imposible que alguien permanezca con sus ejércitos un año sitiando
ociosamente una ciudad. Y al que me pregunte si el pueblo tendrá
paciencia, y el largo asedio y su propio interés no le harán olvidar al
príncipe, contesto que un príncipe poderoso y valiente superará siempre
estas dificultades, ya dando esperanzas a sus súbditos de que el mal no
durará mucho, ya infundiéndoles terror con la amenaza de las vejaciones
del enemigo, o ya asegurándose diestramente de los que le parezcan
demasiado osados. Añadiremos a esto que es muy probable que el enemigo
devaste y saquee la comarca a su llegada, que es cuando los ánimos están
mis caldeados y más dispuestos a la defensa; momento propicio para
imponerse, porque, pasados algunos días, cuando los ánimos se hayan
enfriado, los daños estarán hechos, las desgracias se habrán sufrido y no
quedará ya remedio alguno. Los súbditos so unen por ello más
estrechamente a su príncipe, como si el haber sido incendiadas sus casas y
devastadas sus posesiones en defensa del señor obligará a éste a
protegerlos. Está en la naturaleza de los hombres el quedar reconocidos lo
mismo por los beneficios que hacen que por los que reciben. De donde, si
se considera bien todo, no será difícil a un príncipe sabio mantener firme el
ánimo de sus ciudadanos durante el asedio, siempre y cuando no carezcan
de víveres ni de medios de la defensa.

