Page 25 - El Extranjero
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Albert Camus                                               El extranjero


                  No bien me vio, se incorporó un poco y puso la mano en el bolsillo. Yo, naturalmente
               empuñé el revólver de Raimundo en mi chaqueta. Entonces se dejó caer de nuevo hacia
               atrás, pero sin retirar la mano del  bolsillo. Estaba bastante lejos de él, a una decena de
               metros.  Adivinaba  su  mirada  por  instantes  entre  los  párpados  entornados.  Pero  más  a
               menudo su imagen danzaba delante de mis ojos en el aire inflamado. El ruido de las olas
               parecía aun más perezoso, más inmóvil que a mediodía. Era el mismo sol, la misma luz
               sobre la misma arena que se prolongaba aquí. Hacía ya dos horas que el día no avanzaba,
               dos horas que había echado el ancla en un océano de metal hirviente. En el horizonte pasó
               un pequeño navío y hube de adivinar de reojo la mancha oscura porque no había cesado de
               mirar al árabe.
                  Pensé que me bastaba dar media vuelta y todo quedaría concluido. Pero toda una playa
               vibrante de sol apretábase detrás de mí. Di algunos pasos hacia el manantial. El árabe no se
               movió. A pesar de todo, estaba todavía bastante lejos. Parecía reírse, quizá por el efecto de
               las sombras sobre el rostro. Esperé. El ardor del sol me llegaba hasta las mejillas y sentí las
               gotas de sudor amontonárseme en las cejas. Era el mismo sol del día en que había enterrado
               a mamá y, como entonces, sobre todo me dolían la frente y todas las venas juntas bajo la
               piel.  Impelido  por  este  ardor  que  no  podía  soportar  más,  hice  un  movimiento  hacia
               adelante. Sabía que era estúpido, que no iba a librarme del sol desplazándome un paso.
               Pero di un paso, un solo paso hacia adelante. Y esta vez, sin levantarse, el árabe sacó el
               cuchillo y me lo mostró bajo el sol. La luz se inyectó en el acero y era como una larga hoja
               centelleante que me alcanzara en la frente. En el mismo instante el sudor amontonado en
               las  cejas  corrió  de golpe sobre mis párpados y los recubrió con un  velo tibio y espeso.
               Tenía los ojos ciegos detrás de esta cortina de lágrimas y de sal. No sentía más que los
               címbalos  del  sol  sobre  la  frente  e,  indiscutiblemente,  la  refulgente  lámina  surgida  del
               cuchillo, siempre delante de mí. La espada ardiente me roía las cejas y me penetraba en los
               ojos doloridos. Entonces todo vaciló. El mar cargó un soplo espeso y ardiente. Me pareció
               que el cielo se abría en toda su extensión para dejar que lloviera fuego. Todo mi ser se
               distendió y crispé la mano sobre el revólver. El gatillo cedió, toqué el vientre pulido de la
               culata y allí, con el ruido seco y ensordecedor, todo comenzó. Sacudí el sudor y el sol.
               Comprendí que había destruido el equilibrio del día, el silencio excepcional de una playa
               en la que había sido feliz. Entonces, tiré aún cuatro veces sobre un cuerpo inerte en el que
               las balas se hundían sin que se notara. Y era como cuatro breves golpes que- daba en la
               puerta de la desgracia.


























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