Page 139 - Santa María de las Flores Negras
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                  dirección a la masa de gente que rebasaba el frontis de la escuela y, sin ninguna
                  conmiseración por niños y mujeres, comenzaron a rugir su balacera mortal. Una
                  carnicería inconcebible comenzó entonces a producirse entre los huelguistas y la
                  gente que se había quedado a ver en qué  terminaba ese frangollo de los
                  pampinos y las vendedoras ambulantes que, seguras como todo el mundo de que
                  nunca se llegaría a disparar, se quedaron  instaladas tranquilamente en la plaza
                  ofreciendo su mercancía. La sangre de  las primeras decenas de muertos
                  cercenados por la metralla comenzó a  formar rojos charcos humeantes que se
                  sumían oscuramente en la tierra e impregnaban el aire de un denso olor ardiente.
                  Como ya no cupo ninguna duda de que se trataba de una matanza sin cuartel, la
                  gente comenzó a gritar afligida que izaran banderas blancas, hermanitos; que
                  alzaran banderas blancas, carajo. Y varias decenas de trapos, pañuelos y cotonas
                  de trabajo, algunas ya manchadas de sangre, emergieron entre la multitud,
                  agitadas desesperadamente como señales de  rendición. Pero en el fragor y la
                  confusión de la masacre nadie hizo caso de ellas y las ametralladoras siguieron
                  vomitando su mortífero fuego implacable. Ante las oleadas de muerte,
                  seguramente el general se había sumido  en esa especie de fascinación que se
                  produce al contemplar el flamear de  las llamas de una fogata. Y en tanto el
                  martilleo ensordecedor de las ametralladoras seguía resonando como dentro de la
                  caja de nuestros propios cráneos, la  fusilería no dejaba de disparar fuego
                  graneado en dirección a la gente arranchada en la carpa del circo y sobre los que
                  tratábamos de huir de la línea de fuego. La ardua luz del día y el polvo levantado
                  por el torbellino de la multitud enloquecida hacían aparecer todo el cuadro como
                  una alucinante escena de horror. Envueltos en una confusión espantosa, sin hallar
                  por donde ni para donde huir de las balas, nos replegamos de nuevo hacia las
                  puertas de la escuela en donde se produjo un impresionante remolino humano,
                  pues al mismo tiempo los miles de huelguistas apiñados en el primer patio
                  trataban de escapar en bocanada de la ratonera mortal en que éste se había
                  convertido.
                         Al sonar la primera descarga de los fusileros hacia la azotea de la escuela,
                  Olegario Santana, junto a Gregoria Becerra, su hijo Juan de Dios y José Pintor,
                  ven a Domingo Domínguez, acompañado de algunos operarios jóvenes,
                  adelantarse hacia el lugar en donde está  emplazado el general. Allí, frente al
                  uniformado, abriéndose la camisa y mostrando el pecho desnudo, el barretero
                  grita a todo pulmón que aquí está mi corazón si quieren sangre obrera, carajos. Y
                  justo en el momento en que Olegario Santana se está diciendo: «Que hijo de puta
                  más loco», suena la segunda descarga del piquete de la marinería y, a través de
                  la batahola de gente congestionada, el calichero ve caer muerto a su amigo del
                  alma y a los hombres que lo acompañaban. Con los ojos humedecidos de golpe,
                  justo en el momento en que comienzan a disparar las ametralladoras, le grita a
                  Gregoria Becerra que se tire al suelo con su hijo. Pero en medio del griterío de la
                  gente, la trifulca de la caballería y el estruendo ensordecedor de las balas, nadie
                  oye nada. Cuando se apresta a agarrar a ambos por las espaldas y empujarlos al
                  suelo, una bala de fusil le muerde el hombro y lo hace tambalear y caer de rodillas




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