Page 46 - El Príncipe
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de las llanuras, el curso de los ríos y la extensión de los pantanos. En esto
último pondrá muchísima seriedad, pues tal estudio presta dos utilidades:
primero, se aprende a conocer la región donde se vive y a defenderla mejor;
después, en virtud del conocimiento práctico de una comarca, se hace más
fácil el conocimiento de otra donde sea necesario actuar, porque las colinas,
los valles, las llanuras, los ríos y los pantanos que hay, por ejemplo, en
Toscana, tienen cierta similitud con los de las otras provincias, de manera
que el conocimiento de los terrenos de una provincia sirve para el de las
otras. El príncipe que carezca de esta pericia carece de la primera cualidad
que distingue a un capitán, pues tal condición es la que enseña a dar con el
enemigo, a tomar los alojamientos, a conducir los ejércitos, a preparar un
plan de batalla y a atacar con ventaja.
Filopémenes, príncipe de los aqueos, tenía, entre otros méritos que los
historiadores le concedieron, el de que en los tiempos de paz no pensaba
sino en las cosas que incumben a la guerra; y cuando iba de paseo por la
campaña, a menudo se detenía y discurría así con los amigo “Si el enemigo
estuviese en aquella colina y nosotros nos encontráremos aquí con nuestro
ejército, ¿de quién sería la ventaja? ¿Cómo podríamos ir a su encuentro,
conservando el orden? Si quisiéramos retirarnos, ¿cómo deberíamos
proceder? ¿Y cómo los perseguiríamos, si los que se retirasen fueran ellos?”
Y les proponía, mientras caminaba, todos los casos que pueden
presentársele a un ejército; escuchaba sus opiniones, emitía la suya y la
justificaba. Y gracias a este continuo razonar, nunca, mientras guió sus
ejércitos, pudo surgir accidente alguno para el que no tuviese remedio
previsto.
En cuanto al ejercicio de la mente, el príncipe debe estudiar la Historia,
examinar las acciones de los hombres ilustres, ver cómo se han conducido
en la guerra, analizar el por qué de sus victorias y derrotas para evitar éstas
y tratar de lograr aquéllas; y sobre todo hacer lo que han hecho en el pasado
algunos hombres egregios que, tomando a los otros por modelos, tenían
siempre presentes sus hechos más celebrados. Corno se dice que Alejandro
Magno hacia con Aquiles, César con Alejandro, Escipión con Ciro. Quien
lea la vida do Ciro, escrita por Jenofonte, reconocerá en la vida de Escipión
la gloria que le reportó el imitarlo, y cómo, en lo que se refiere a castidad,
afabilidad, clemencia y liberalidad, Escipión se ciñó por completo a lo que
Jenofonte escribió de Ciro. Esta es la conducta que debe observar un
príncipe prudente: no permanecer inactivo nunca en los tiempos de paz,

