Page 20 - El Príncipe
P. 20
caso, fracasan siempre, y nada queda de sus intenciones, pero cuando sólo
dependen de sí mismos y pueden actuar con la ayuda de la fuerza, entonces
rara vez dejan de conseguir sus propósitos. De donde se explica que todos
los profetas armados hayan triunfado, y fracasado todos los que no tenían
armas. Hay que agregar, además, que los pueblos son tornadizos; y que, si
es fácil convencerlos de algo, es difícil mantenerlos fieles a esa convicción,
por lo cual conviene estar preparados de tal manera, que, cuando ya no
crean, se les pueda hacer creer por la fuerza. Moisés, Ciro, Teseo y Rómulo
no habrían podido hacer respetar sus estatutos durante mucho tiempo si
hubiesen estado desarmados. Como sucedió en nuestros a Fray Jerónimo
Savonarola, que fracasó en sus innovaciones en cuanto la gente empezó a
no creer en ellas, pues se encontró con que carecía de medios tanto para
mantener fieles en su creencia a los que habían creído como para hacer
creer a los incrédulos. Hay que reconocer que estos revolucionarios
tropiezan con serias dificultades, que todos los peligros surgen en su camino
y que sólo con gran valor pueden superarlos; pero vencidos los obstáculos,
y una vez que han hecho desaparecer a los que tenían envidia de sus
virtudes, viven poderosos, seguros, honrados y felices.
A tan excelsos ejemplos hay que agregar otro de menor jerarquía, pero
que guarda cierta proporción con aquéllos y que servirá para todos los de
igual clase. Es el de Hierón de Siracusa, que de simple ciudadano llegó a
ser príncipe sin tener otra deuda con el azar que la ocasión; pues los
siracusanos, oprimidos, lo nombraron su capitán, y fue entonces cuando
hizo méritos suficientes para que lo eligieran príncipe. Y a pesar de no ser
noble, dio pruebas de tantas virtudes, que quien ha escrito de él ha dicho:
“quod nihil illi deerat ad regnandum praeter regnum”. Licenció el antiguo
ejército y creó uno nuevo; dejó las amistades viejas y se hizo de otras; y así,
rodeado por soldados y amigos adictos, pudo construir sobre tales cimientos
cuanto edificio quiso; y lo que tanto le había costado adquirir, poco le costó
conservar.

