Page 66 - Cuentos de Amor locura y Muerte
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Los otros, sin responderle, rompieron a ladrar con furia,          buscar las mulas y las unció a la carpidora, trabajando has talas
          siempre en actitud temerosa. Pero míster Jones se desvanecía           nueve. No estaba satisfecho, sin embargo. Fuera de que la
           ya en el aire ondulante.                                              tierra no había sido nunca bien rastreada,  las cuchillas no
                Al oír los ladridos, los peones habían levantado la vista,       tenían filo,  y con el paso rápido de las mulas, la carpidora
          sin distinguir nada. Giraron la cabeza para ver si había entrado       saltaba. Volvió con ésta y afiló sus rejas; pero un tornillo, en
          algún caballo en la chacra y se doblaron de nuevo.                     que  ya al  comprar  la  máquina  había notado  una  falla,  se
                Los foxterriers volvieron al paso al rancho. El cachorro,        rompió al armarla. Mandó un peón al obraje próximo, reco­
          erizado aún,  se adelantaba  y  retrocedía  con  cortos  trotes        mendándole cuidara del caballo, un buen animal, pero asolea­
          nerviosos y supo, de la experiencia de sus compañeros, que             do. Alzó la cabeza al sol fundente de mediodía e insistió en que
          cuando una cosa va a morir, aparece antes.                             no galopara ni un momento. Almorzó en seguida y subió. Los
                -¿ Y cómo saben que ese que vimos no era el patrón               perros, que en la mañana no habían dejado un segundo a su
          vivo? -preguntó.                                                       patrón, se quedaron en los corredores.
                -Porque no era.él -le respondieron, displicentes.                     La siesta pesaba, agobiada de luz y silencio. Todo el
                ¡Luego la Muerte, y con ella el cambio de dueño, las             contorno estaba brumoso por las quemazones. Alrededor del
           miserias, las patadas, estaba sobre ellos! Pasaron el resto de        rancho, la tierra blanquizca del patio deslumbraba por el sol a
           la tarde al lado de su patrón, sombríos y alerta. Al menor ruido      plomo, parecía deformarse en trémulo hervor, que adormecía
           gruñían, sin saber hacia dónde.                                      los ojos parpadeantes de los foxterriers.
                Por fin el sol se hundió tras el negro palmar del arroyo;            -No ha aparecido más -dijo Milk.
           y en la calma de la noche plateada los perros se estacionaron             Old,  al  oír  aparecido,  levantó  vivamente  las  orejas.
          alrededor  del  rancho,  en  cuyo  piso  alto,  míster Jones          Incitado por la evocación, el cachorro se puso en pie y ladró,
          recomenzaba su velada de whisky. A medianoche oyeron sus              buscando a qué. Al rato calló, entregándose con sus compañe­
          pasos, luego la caída de las botas en el piso de tablas, y la luz     ros a su defensiva cacería de moscas.
           se  apagó.  Los  perros,  entonces,  sintieron más  el próximo            -No vino más -agregó Isondú.
          cambio  de  dueño;  y  solos,  al pie  de  la casa  dormida,               -Había  una  lagartija  bajo  el  raigón  -recordó  por
          comenzaron a llorar. Lloraban en coro, volcando sus sollozos          primera vez Prince.
          convulsivos  y  secos,  como  masticados,  en un  aullido  de              Una gallina,  el pico  abierto  y las  alas  apartadas  del
           desolación, que la voz cazadora de Prince sostenía, mientras         cuerpo, cruzó el _patio incandescente con su pesado trote de
           los otros tomaban el sollozo de nuevo. El cachorro sólo podía        calor. Prince la siguió perezosamente con la vista, y saltó de
           ladrar.  La noche avanzaba  y  los  cuatro  perros de edad,          golpe.
           agrupados a la luz de la luna, el hocico extendido e hinchado             -¡Viene otra vez! -gritó.
          de lamentos -bien alimentados y acariciados por el dueño                   Por el norte del patio avanzaba solo el caballo en que
           que  iban a  perder-,  continuaban  llorando  a  lo  alto  su        había ido el peón. Los perros se arquearon sobre las patas,
           doméstica miseria.                                                   ladrando con furia a la Muerte que se acercaba. El caballo
                A la mañana siguiente, míster Jones fue él mismo a              caminaba con la cabeza baja, aparentemente indeciso sobre el

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