Page 56 - Alonso, un conquistador de diez años
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-¡Sube tú, Pelayo!                                             Una vez arriba, vimos el mar tan negro como
              -¡Bah! ¡Esto es facilísimo!  -dijo, al tiempo               la noche y coronado de enormes crestas blancas.
           que ponía su pie sobre la hamaca.                              ¡Cb:}é  pequeña  e  insignificante  parecía  nuestra
              En ese momento se produjo un balanceo y mi                  nave en medio de ese mar tan bravo!
           amigo cayó de cabeza hacia el otro lado. Ante mis                 -¡Mira  esa  ola  que  se  nos  aproxima!
           carcajadas, volvió a intentarlo con igual resulta­             -dije  asustadísimo, mientras  buscaba  algo  de
           do. Yo me doblaba de la risa y Pelayo, ofendido,               qué agarrarme.
           me dijo:                                                          En ese momento la ola pasó por encima y nos
              -¡Prueba tú a ver si es tan fácil!                          dejó empapados hasta los huesos. Pelayo tiritan­
              Astutamente pensé que si poniendo un pie no                 do y sujetándose fuertemente de mí, me dijo con
           resultaba, debía poder subirme cargando todo el                un hilo de voz:
           cuerpo sobre la hamaca. Al hacerlo, esta se enro­                 -Una vez una ola inmensa volcó un barco.

           lló sobre mí y caí bruscamente. ¡Qüen reía ahora               ¡Eso me contaron!
           era mi amigo!                                                     En medio de la oscuridad y del agua que caía
              Después de muchos intentos lo logramos. Solo                a raudales, escuché al capitán dando órdenes. Me
           entonces nos llamó la atención el movimiento de                acerqué. El tono y los gestos dejaban traslucir su
           la nave. Habíamos estado tan afanados con la ha­               preocupación. Los hombres corrían amarrando
           maca, que no nos dimos cuenta de que el barco                  las velas y sujetando los dos cañones que había
           daba tumbos de una forma totalmente anormal.                   sobre cubierta. En el timón, dos marineros lucha­
              -Alonso,  me  parece  que  de  verdad  ha­                  ban infructuosamente para mantener el rumbo.
           brá tormenta -comentó Pel G-,  y creo que                         De pronto, resbalé y fui arrastrado por una gi­
                                          ay
           será fuerte.                                                   gantesca ola que me envolvió. No podía zafarme

              -¡Vamos afuera a ver qué pasa! -dije expec­                 y  me sentía como un  enano  diminuto  tragado
           tante-. Nunca he visto una tormenta.                           por las fauces del gigantesco océano.
             Apenas pudimos llegar a cubierta, ya  que el                    En medio de este torrente marino, escuché en
           violento vaivén nos hacía caer de un lado a otro.              la lejanía el grito de mi inseparable amigo.


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