Page 58 - Alonso, un conquistador de diez años
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-¡Socorro!  ¡Es Alonso! ¡La ola se lo lleva!                   7
              -¡�e alguien coja a ese chico!  -exclamó                    TORMENTA EN ALTA MAR
           la fuerte  voz de uno de los marineros-. ¡Dios
              /
           mio ... ya no  1  o veo.  1
              Me pareció que transcurría un siglo antes de
           que unos fuertes brazos me sujetaran  y con un
           gran tirón me empujaran hacia atrás. Entonces
           oí la voz del capitán que ordenaba:                            ABAJO LA TORMENTA se sen tía aún peor. El vien­
              -¡Chicos, esto  es demasiado  peligroso para                to estremecía todo y la madera crujía con un chi­
           ustedes!  Ahora necesitamos hombres fuertes  y                 rrido insoportable. La mercadería -cortadas las
            experimentados sobre la cubierta. ¡Vayan a la bo­             amarras con la violencia del movimiento- bai­
           dega y preocúpense de la carga.                                laba de un lado a otro. ¡Incluso las ratas habían
                                                                          desaparecido!  Los colonos,  en un  rincón  de la
                                                                          bodega  y abrazados unos a otros, pedían a Dios

                                                                          que se produjera la calma. Solo el pequeño gordi­
                                                                          flón gritaba de alegría por el constante balanceo.
                                                                             "�ien  se  hace  a  la  1nar,  aprende  a  rezar",
                                                                          nos habían dicho. Era verdad. En esos momen­
                                                                          tos hasta el más rudo  de los  marineros  rogaba
                                                                          a Dios que nos salvara ... , incluso el Villano co­
                                                                          reaba con algunos  compañeros unos tembloro­
                                                                          sos avemarías.
                                                                             De pronto, sentí que todo me daba vueltas y,

                                                                          sin poder evitarlo, vomité lo poco que había co­
                                                                          mido. Cuando miré a Pelayo, por la palidez de su
                                                                          cara, adiviné que le pasaba lo mismo.


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