Page 49 - Alonso, un conquistador de diez años
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enormes velas se desplegaron majestuosas mos­  Cuando estábamos trabajando, Pelayo pisó un
 trando  unas inmensas cruces. Eran el  símbolo   pequeño pedazo de jabón de sebo y cayó sentado
 de lo que íbamos a hacer a las Indias: conquistar   sobre el suelo. Resbaló y se deslizó sobre la cu­
 y evangelizar.   bierta, hasta que sus pies chocaron fuertemente
 A partir de ese momento supimos lo que era   contra la borda. Qyedó en tan ridícula posición
 ser miembros de la tripulación. Aún mirábamos   que, a pesar del dolor, no podía dejar de reír.
 alejarse la ciudad de Sevilla, cuando a nuestras   -¡Qyé buena idea has tenido! -le dije entre
 espaldas se escuchó un fuerte grito:   carcajadas-.  ¡Tus  pantalones  limpian  mucho
 -¡Vaya par de granujas! ¡Perezosos!   mejor que estos trapos sucios!
 Junto al grito, sentimos que unas manos callo­  Mientras  se  levantaba  dificultosamente,
 sas y velludas nos agarraban de las orejas y nos   me dijo:

 hacían retroceder.   -¿Has visto qué velocidad? ¿Por qué no ha­
 -¡Ay, ay, mis orejas! -me quejé.   cemos una carrera tirándonos por la cubierta?
 Me  di  vuelta  y  me  encontré  cara  a  cara  al   -¡De  acuerdo!  Pongamos  los  trapos  y  nos
 hombre de la cicatriz.   deslizamos sobre ellos.
 -¡Pareja de holgazanes!  -exclamó visible­  Cuando estábamos corriendo, apareció el pe­
 mente enfadado-. ¿Creen que están aquí para   rro del cocinero, que se metió entre mis piernas.
 descansar? Ustedes obedecerán mis órdenes. Va­  Me hizo caer encima de Pelayo, que me llevaba
 yan inmediatamente a limpiar la cubierta.   la delantera. Entre gritos de gozo, carcajadas y la­

 Pelayo, valientemente, logró contestar un tí­  dridos, rodamos por encima del jabón hasta que
 mido "sí". El hombrón protestó enseguida y dijo:   nos detuvimos a los pies de unos marineros, que
 -¡Cómo "sí"! "Sí, señor" o, mejor aún, "Sí, se­  observaban divertidos nuestra  carrera. Ellos es­
 ñor Villena ".   tuvieron a punto de perder el equilibrio y caer
 Mientras limpiábamos, Pelayo repetía enfadado:   sobre nosotros, pero pudieron mantenerse y nos
 -¡Villena,  Villena ... !  ¡Villano,  es  mu­  levantaron entre grandes risas.
 cho mejor!   Un poco maltrechos y con la ropa mojada vol-


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