Page 46 - Alonso, un conquistador de diez años
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vientos y las mareas favorables en alta mar. Esta­             bros de esta tripulación respondan en los buenos
           ba agotado después del trabajo, de modo que me                 y en los malos momentos. Les advierto que no

           dormí en el instante en que puse la cabeza sobre               toleraré la menor insubordinación. Todos uste­
           la dura madera. Y otro tanto le ocurrió a Pelayo.              des conocen  el  código marinero  y también  las
              A  medianoche  desperté  desconcertado,  tiri­              consecuencias de las malas acciones. Les exijo un
           tando de frío y levemente mareado. No supe de                  especial respeto hacia los colonos que llevamos
           momento dónde estaba, hasta que sentí el balan­                a bordo.
           ceo del barco sobre el agua. Me tapé con la manta                 Luego de estas palabras, dio media vuelta y se ale­
           que llevaba en mi morral y este lo puse de almo­               jó con el piloto a terminar de planificar la travesía.
           hada, para evitar la dureza de la madera.                         Cuando volvimos a nuestras labores, comen­
              Antes  del  amanecer,  alguien  me  zamarreó                zaron a embarcar los colonos. Eran dos familias.

           bruscamente y una dura voz ordenó:                             Una de ellas estaba compuesta por un matrimo­
              -¡Todos a cubierta!  ¡El  capitán va a hablar               nio  joven:  los  Hernández.  Más  tarde  supimos
           antes de zarpar!                                               que se llamaban Juana y Fernando y que iban a
              Me costó abrir los ojos y, ¡horror!, frente a mí            Veracruz, en México, las tierras que había con­
           estaba  el  hombre  de  la  cicatriz.  Consternado,            quistado Hernán Cortés. La otra familia, los Pé­
           miré a Pelayo, y la expresión de sus ojos me de­               rez, tenían un niño de unos dos años, regordete y

           mostró que también él lo había reconocido. ¡Dios               muy travieso. Todos ellos, excepto el pequeño, se
           mío! ¿Nos habría visto aquella noche?                          veían inquietos. Creo que todos sentían, igual que
              Subimos temblando a cubierta. Sin atrevernos                yo, una gran incertidumbre. ¿Cómo nos iría en
           a decir palabra, nos quedamos atrás, a la expecta­             América? ¿ Volveríamos alguna vez a nuestra tie­
           tiva de lo que iba a decir el-capitán.                         rra? Y por mi parte, no podía dejar de pensar en
              Una vez reunidos, este tomó la palabra y, con               mi madre tan lejos y tan sola allá en Torremocha.
           fuerte voz, dijo:                                                 Una vez  a bordo, el capitán dio la  orden de
              -Este viaje será duro. Tardaremos aproxima­                 zarpar. El barco comenzó a moverse lentamen­
           damente dos meses y espero que todos los miem-                 te  y Sevilla a desaparecer de nuestra vista. Las



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