Page 48 - Alonso, un conquistador de diez años
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enormes velas se desplegaron majestuosas mos­                     Cuando estábamos trabajando, Pelayo pisó un
            trando  unas inmensas cruces. Eran el  símbolo                 pequeño pedazo de jabón de sebo y cayó sentado
            de lo que íbamos a hacer a las Indias: conquistar              sobre el suelo. Resbaló y se deslizó sobre la cu­
            y evangelizar.                                                 bierta, hasta que sus pies chocaron fuertemente
               A partir de ese momento supimos lo que era                  contra la borda. Qyedó en tan ridícula posición
            ser miembros de la tripulación. Aún mirábamos                  que, a pesar del dolor, no podía dejar de reír.
            alejarse la ciudad de Sevilla, cuando a nuestras                  -¡Qyé buena idea has tenido! -le dije entre
            espaldas se escuchó un fuerte grito:                           carcajadas-.  ¡Tus  pantalones  limpian  mucho
               -¡Vaya par de granujas! ¡Perezosos!                         mejor que estos trapos sucios!
               Junto al grito, sentimos que unas manos callo­                 Mientras  se  levantaba  dificultosamente,
            sas y velludas nos agarraban de las orejas y nos               me dijo:

            hacían retroceder.                                                -¿Has visto qué velocidad? ¿Por qué no ha­
               -¡Ay, ay, mis orejas! -me quejé.                            cemos una carrera tirándonos por la cubierta?
               Me  di  vuelta  y  me  encontré  cara  a  cara  al             -¡De  acuerdo!  Pongamos  los  trapos  y  nos
            hombre de la cicatriz.                                         deslizamos sobre ellos.
               -¡Pareja de holgazanes!  -exclamó visible­                     Cuando estábamos corriendo, apareció el pe­
            mente enfadado-. ¿Creen que están aquí para                    rro del cocinero, que se metió entre mis piernas.
            descansar? Ustedes obedecerán mis órdenes. Va­                 Me hizo caer encima de Pelayo, que me llevaba
            yan inmediatamente a limpiar la cubierta.                      la delantera. Entre gritos de gozo, carcajadas y la­

               Pelayo, valientemente, logró contestar un tí­               dridos, rodamos por encima del jabón hasta que
            mido "sí". El hombrón protestó enseguida y dijo:               nos detuvimos a los pies de unos marineros, que
               -¡Cómo "sí"! "Sí, señor" o, mejor aún, "Sí, se­             observaban divertidos nuestra  carrera. Ellos es­
            ñor Villena ".                                                 tuvieron a punto de perder el equilibrio y caer
               Mientras limpiábamos, Pelayo repetía enfadado:              sobre nosotros, pero pudieron mantenerse y nos
               -¡Villena,  Villena ... !  ¡Villano,  es  mu­               levantaron entre grandes risas.
            cho mejor!                                                       Un poco maltrechos y con la ropa mojada vol-


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