Page 41 - Alonso, un conquistador de diez años
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Cuando llegamos hasta la construcción, trata­  Pelayo comenzó a gritar pidiendo ayuda, y se tiró
 mos de mirar hacia adentro, a través de una ven­  tras de mí. Me pareció que alguien más se lanza­
 tana. Ya nos habíamos acostumbrado algo a la os­  ba. Sentí que me agarraban con fuerza y me lle­
 curidad de la noche, pero no pudimos distinguir   vaban a la orilla.
 bien qué había en el interior de la bodega. Nos   Mientras tiritaba y tosía, a causa del agua que
 pareció que allí se guardaba algo así como barri­  había tragado, el desconocido habló en tono severo:
 les y cajas de madera.   -Muchachos, ¿qué hacen aquí a estas horas?
 Al observar el suelo nos pareció advertir una   ¿No saben que es peligroso que dos niños anden
 huella de carros que partía del lugar.   solos de noche por estos lugares?
 -Sigámosla -me dijo Pel o-. Estoy segu­  Inmediatamente reconocí la voz del capitán,
 ay
 ro de que nos guiará hasta el embarcadero.   que, después de una pausa, nos preguntó:
 Y así fue. Pronto, y con un alivio inmenso, nos   -¿Conocen el camino para regresar?
 encontramos frente a La Esperanza, que se mecía   Y como Pel o asintiera, él agregó:
                     ay
 tranquilamente en el agua.   -Entonces,  regresen  inmediatamente  a  su
 -¡Ahí está nuestra nave! -exclamó Pelayo.   casa y no se detengan en ninguna parte. Además,
 -¡Oh  ...  !  ¡�é grande es! Mira, en esa venta-  el invierno no es buena época para darse un cha­
 na, en la parte de atrás, hay una luz. ¿�é será?   puzón, de manera que cuanto antes lleguen mejor.
 -¡Se nota que eres del interior y no sabes nada   Cabizbajos y calados de frío, volvimos a casa.

 de barcos! La parte de atrás de una nave se llama   Sentíamos un cierto sabor a derrota y vergüenza:
 "popa", y esa ventana que ves es el camarote del   habíamos hecho el ridículo delante del capitán,
 capitán. Te apuesto a que está ahí, estudiando las   tanto que por un rato casi olvidamos al hombre
 cartas de navegación para nuestro viaje.   de la cicatriz. Pero ya en casa y abrigados, volvi­
 Era tanta mi curiosidad por ver lo que hacía   mos a recordarlo y a preguntarnos: ¿habría ma­
 el capitán, que di unos pasos para acercarme al   tado a la persona con quien peleaba?
 barco, pero tropecé y perdí el equilibrio, cayendo
 estrepitosamente al agua. Al ver que me hundía,


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