Page 19 - Crónicas de Narnia I - Junio 5to Básico
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nada y empezó a saltar nerviosamente  hacia todos lados. Al fin gritó con
                  desesperación:
                        —¡Lucía! ¡Lu! ¿Dónde te has metido? Sé que estás aquí.
                        No hubo respuesta. Edmundo advirtió que su propia voz tenía un curioso
                  sonido. No había sido el que se espera dentro de un armario cerrado, sino un
                  sonido al aire libre. También se dio  cuenta de que el ambiente estaba
                  extrañamente frío. Entonces vio una luz.
                        —¡Gracias a Dios! —exclamó—. La puerta se tiene que haber abierto por
                  sí sola.
                        Se olvidó de Lucía y fue hacia la luz, convencido de que iba hacia la
                  puerta del ropero. Pero en lugar de llegar al cuarto vacío, salió de un espeso y
                  sombrío conjunto de abetos a un claro en medio del bosque.
                        Había nieve bajo sus pies y en las ramas de los árboles. En el horizonte, el
                  cielo era pálido como el de una mañana despejada de invierno. Frente a él,
                  entre los árboles, vio levantarse el sol muy rojo y claro. Todo estaba en silencio
                  como si él fuera la única criatura viviente. No había ni siquiera un pájaro, y el
                  bosque se extendía en todas direcciones, tan lejos como alcanzaba la vista.
                  Edmundo tiritó.
                        En ese momento recordó que estaba buscando a Lucía. También se
                  acordó de lo antipático que había sido con ella al molestarla con su "país
                  imaginario". Ahora se daba cuenta de que en modo alguno era imaginario.
                  Pensó que no podía estar muy lejos y llamó:
                        —¡Lucía! ¡Lucía! Estoy aquí también. Soy Edmundo.
                        No hubo respuesta.
                        —Está enojada por todo lo que le he dicho —murmuró.
                        A pesar de que no le gustaba admitir que se había equivocado, menos aún
                  le gustaba estar solo y con tanto frío en ese silencioso lugar.
                        —¡Lu! ¡Perdóname por no haberte creído! ¡Ahora veo que tenías razón!
                  ¡Ven, hagamos las paces! —gritó de nuevo.
                        Tampoco hubo respuesta esta vez.
                        "Exactamente como una niña —se dijo—. Estará amurrada por ahí y no
                  aceptará una disculpa".
                        Miró a su alrededor: ese lugar no le gustaba nada. Decidió volver a la casa
                  cuando, en la distancia, oyó un ruido de campanas. Escuchó atentamente y el
                  sonido se hizo más y más cercano. Al  fin, a plena luz, apareció un trineo
                  arrastrado por dos renos.
                        El tamaño de los renos era como el de los ponies de Shetland, y su piel era
                  tan blanca que a su lado la nieve se veía casi oscura. Sus cuernos ramificados
                  eran dorados y resplandecían al sol. Sus arneses de cuero rojo estaban cubiertos
                  de campanillas. El trineo era conducido por un enano gordo que, de pie, no
                  tendría más de un metro de altura. Estaba envuelto en una piel de oso polar, y
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