Page 76 - Alonso, un conquistador de diez años
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Una confusa mezcla de sentimientos me do­                   entre frondosos árboles de distintos tonos verdes.
           minó: alegría por haber llegado, cierto temor por              Nunca había pensado que pudieran existir tan­
           el futuro que se me presentaba lleno de desafíos               tos. Todo me parecía brillante y lleno de color.
           y nuevas aventuras, tristeza por el recuerdo de                El  cielo  era  intensamente  azul,  algunas  nubes
           mi madre en la puerta de mi casa ... ¡Todo un con­             increíblemente  blancas ... Los  árboles  que  más
           tinente se abría ante mis ojos!                                nos llamaron la  atención fueron los cocoteros.
              Y  en algún  lugar  de  esas misteriosas  tierras           Nos contaron que producían un fruto delicioso
           se  hallaba  mi  padre.  ¿Nos  encontraríamos  al­             y muy fresco.
           gún día?                                                          Durante varios días, ayudados por los indios,
              Nuestra primera recalada fue en San Martín,                 nos dedicamos a cazar y recolectar muchas frutas
           una  pequeña isla rodeada de  un mar absoluta­                 y raíces que esas tierras nos ofrecían generosas.

           mente  cristalino.  Estaba  habitada  por  amiga­                 Una vez bien provistos de víveres y agua, leva­
           bles indios que me llamaron profundamente la                   mos ancla. El barco puso rumbo en dirección a
           atención. Su piel era más oscura que la nuestra.               San Lorenzo, destino final de nuestro viaje.
           Los indígenas se diferenciaban de los españoles
           en muchos aspectos. Por ejemplo, apenas tenían
           pelos en el cuerpo y, en cambio, sobre sus cabezas
           lucían un  brillante y lacio cabello negro. Sola­

           mente vestían un taparrabo, y se adornaban con
           plumas de intensos colores.
              Al  vernos descender  del  barco, se  acercaron
           tímidamente. Después de observarnos y hablar
           entre ellos en su lengua, totalmente extraña para
           nosotros, nos sonrieron. A través de gestos, nos
           hicieron  entender  que  éramos  bienvenidos,  y
           nos condujeron hacia su aldea, por un sendero


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