Page 81 - Alonso, un conquistador de diez años
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conteniendo un sollozo, continuó-: Te extraña­  Pero ya estaba empezando a temer que no fuera

 ré, Alonso.   tan fácil.
 La tomé de la mano y le dije:   Un día entré con Pelayo a una taberna. Como
 -¡No estés triste, Covadonga! Ya verás que al­  ya era mi costumbre siempre que veía gente nue­
 gún día nos volvemos a encontrar.   va, pregunté a todos por mi padre. El tabernero,
 -Ojalá  así  sea  -dijo  ella,  y  después  agre­  que llevaba varios años en aquel lugar, repitió:
 gó-: pediré a Dios todos los días por ti.   -Francisco  Almendralejo ... ,  Francisco  Al­
 Le besé la mejilla y ella caminó hacia donde   mendralejo ... , me parece que he oído ese nombre ...
 estaban sus padres esperándola. La seguí con la   -Y dirigiéndose hacia un hombre que se encon­
 mirada hasta que la vi desaparecer entre la gente   traba en una de las mesas, le gritó-: ¡Eh, Paco!
 y el alboroto de la pl a.   ¿Conoces a un tal Francisco Almendralejo?
 ay
 La partida de mi amiga me hizo sentir triste.   -Claro que sí, se dedica a traer hasta aquí la
 Además, estaba algo desconcertado. Había llega­  mercadería que manda el capitán Pizarro, desde
 do a América y tenía que buscar a mi padre. Para   las nuevas tierras de Cusco.

 eso había viajado. ¿Por dónde empezar?  Me en­  -¿Lo  ha  visto ... ?  -le  pregunté  temblan­
 contré perdido.   do-. ¿Sabe  dónde está?  ¿Está bien?  ¡Dígame!
 Sin embargo, todavía tenía trabajo que cum­  Por favor, dígame.
 plir y durante varios días, junto a la tripulación   -Calma,  muchacho. Sí,  lo  he  visto  y  está
 del barco, nos dedicamos a descargar las merca­  bien. Pero hace dos semanas partió de aquí. -Y
 derías. Yo aprovechaba cada momento libre para   después de una pausa, prosiguió-: Ahora debe
 preguntar a todas las personas que encontraba si   estar en la ciudad de Panamá, preparando la ex­
 sabían algo de Francisco Almendralejo, mi pa­  pedición hacia el Perú.
 dre. Nadie lo conocía.   Comencé a dar saltos y abracé a mi amigo. No

 Aunque no me desanimaba porque sabía que   lo  podía creer. El milagro había ocurrido. ¡Por
 no iba a encontrar a mi padre de inmediato, no   fin sabía algo de mi padre! ¡Estaba vivo y pronto
 perdía la esperanza de que sucediera un milagro.   lo vería!


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