Page 71 - Alonso, un conquistador de diez años
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-Tranquilízate, ese par de tontuelos no vie­  En ese momento, Pelayo, que estaba apoyado
 ron nada ni saben nada. De lo contrario, ya ha­  en un barril, resbaló, provocando un ruido que,
 brían hablado. Ahora solo tenemos que aguardar   aunque fue casi imperceptible, nos obligó a apar­
 el momento oportuno para actuar. Seguro que el   tarnos rápida y sigilosamente de aquel lugar, sin

 capitán tiene los planos de la fortaleza de Por­  poder escuchar  la  respuesta. Para evitar sospe­
 tobelo en su camarote.   chas, yo dejé escapar las ratas que había cazado.
 Al oír esto, Pelayo y yo nos miramos. ¡Por fin   -¿�é es  ese  ruido?  -oímos  preguntar a
 descubríamos la razón de la riña nocturna en Se­  Alejo con voz agitada.
 villa! Nos dimos cuenta de que estos malvados   -¡Son  solo  esas  estúpidas  ratas!  ¡Malditas
 habían luchado  con  los  verdaderos  marineros,   criaturas! -contestó el Villano.
 para ocupar sus puestos en La Esperanza. ¿Los   Con el corazón acelerado y muy nerviosos, de­
 habrían matado? Sus planes también quedaban   cidimos ir enseguida a informar al capitán de lo
 al descubierto: asaltarían la fortaleza en Portobe­  que habíamos oído. A pesar de que pensábamos
 lo, y se apoderarían del oro y la plata que allí se   que no creería nuestra historia, este nos escuchó
 guardaban.   atentamente y comentó con seriedad:
 El Villano dijo entonces:   -¡Ya me imaginaba que este par de bandidos

 -Este tiempo  de calma es el indicado. -Y  algo  malo  estaba  tramando!  ¿Cómo  no  me  di
 bajando aún más la voz prosiguió-: El capitán   cuenta antes de qué era lo que buscaban?  Pero
 está  demasiado preocupado por el  hambre  rei­  no se preocupen;  déjenlo todo en mis manos y
 nante y los ánimos alterados. ¡No se dará cuenta   no se acerquen más a ellos, ni traten de averiguar
 de la desaparición de sus preciosos planos! ¡Creo   en qué está ese par de facinerosos. Son demasia­
 que esta noche será el momento!   do peligrosos y no deben exponerse a que ellos
 Alejo, con su voz insoportablemente aguda, le   sospechen de ustedes. -Con voz lenta y muy se­
 preguntó:   riamente, continuó-: Esos hombres son capaces
 -¿ Y dónde los esconderemos?  de todo. Deben prometerme que no le contarán a




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