Page 66 - Alonso, un conquistador de diez años
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parecía invitar a caminar sobre él.                             -¡Ah!  -interrumpió Pelayo-... esas terri­
               Las velas estaban deshinchadas y la calma era              bles fieras que de un mordisco pueden arrancar
            agobiante. El  sol  comenzaba a  pegar  con gran              una pierna a un hombre.
            fuerza sobre nosotros y todo el entorno se mos­                  -¡Exactamente!  ¡Y  además  este  no  es  mo­
            traba propicio para un zambullón. Nos sacamos                 mento  de diversión!  Esta calma de hoy puede
            la  camisa  y bajando por las cuerdas, nos meti­              prolongarse por varios días, sin que avancemos
            mos al agua. Yo iba fuertemente amarrado con                  ni un metro hacia nuestro destino.
            una cuerda en la cintura para no hundirme, ya                    Miramos hacia las velas. Continuaban absolu­
            que no sabía nadar. En cambio, Pel    ayo  lo hacía           tamente lacias. Comprendimos entonces por qué
            libremente. Mientras estábamos en lo mejor, se                el barco no se movía.

            oyó un fuerte grito desde cubierta:                              Cambiando  el  tono,  el  capitán  nos  advirtió
               -¿Qgé hacen ahí, muchachos?                                con ironía:
               Era la voz del capitán.                                       -¡Más  tarde  verán las  consecuencias  de  la
               -Nos estamos bañando  -respondimos, sin                    zambullida!
            darnos  cuenta  de  su  cara  de  preocupación-.                 Y en efecto, al poco rato comenzamos a sentir
            ¿Qgiere venir usted también?                                  una molesta picazón por todas partes. Teníamos
               -¡Suban inmediatamente! -ordenó con voz                    el cuerpo cubierto por una blanca capa de sal.
            enérgica.                                                        -Alonso, ¡daría mi ración de comida por un
               -¡Pero  ...  !                                             chapuzón en el Guadalquivir, para librarme de
               -¡Ahora,  ahora  mismo!  -insistió,  franca-               esta sal insoportable! ¡Me pican hasta las uñas!
            mente enojado.                                                -dijo  Pelayo,  angustiado,  mientras  se  rascaba
               Sin entender las razones del capit;fm, subimos             con todas sus fuerzas.

            a cubierta. Una vez allí, más sereno nos explicó:                Transcurrieron  cinco  días  sin  que  el  barco
               -Chicos, estos mares tan cálidos y agradables              se moviera. El ambiente general era de desazón
            para bañarse, están llenos de tiburones  ...                  e inquietud. El capitán, ante el malestar de los




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