Page 92 - Alonso, un conquistador de diez años
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tré unos botes que acarreaban las últimas cajas                    Sus ojos eran intensamente negros y tenía el
           al barco. Supliqué a uno de los marineros que me                rostro curtido por el sol. El cabello, antaño more­
           permitiera embarcar. En un primer momento, él                   no, lucía ahora numerosas hebras blancas.
           se negó.                                                           Era mi padre. Por su expresión me di cuenta
              -¡Por favor, señor, lléveme! -le dije, sin po­               de  que me  había  reconocido, pero  que  no po­
           der contener las lágrimas.                                      día creer lo.
              -¡No! No queremos polizones a bordo.                            -No, no  puede ser... es igual a  mi pequeño
              -Le  pagaré  -supliqué  sin  recordar  que                   Alonso -dijo-. ¡Debo estar soñando!
           solo tenía la moneda que me había dado el capi­                    Nos miramos. Sin esperar ni un instante más
           tán Álvarez.                                                    corrí hacia él.
              -Pero, ¿por qué tanta insistencia?                              -¡Padre! -exclamé sollozando-. ¡Por fin te

              -Me han dicho que mi padre, Francisco Al-                    encuentro!
           mendralejo, se encuentra a bordo ...                               -No puedo creer que seas tú. Si eras un niño ...
              -¡Haberlo dicho antes, muchacho!  -excla­                       Permanecimos  abrazados  durante  largo  rato,
           mó,con voz más amable-. Ven. ¡Sube!                             mientras el sol se escondía tras un rojizo horizonte.
              Al llegar al barco, nos encaramamos por las                     Después  de  la  primera  emoción, nos  apar­
           cuerdas. Yo temblaba de emoción. Mis piernas no                 tamos uno del otro, y él mirándome fijamente,
           respondían, por lo que resbalé varias veces. Me                 preguntó:
           pareció que nunca alcanzaría la borda.                             -Hijo, ¿qué haces aquí? Y tu madre, ¿ha ve­
              Cuando por fin llegué a la cubierta del barco,               nido también?
           el marino que me había llevado, gritó:                             -He venido a buscarte. Ella está en Torremo­

              -¡Eh, don Francisco, mire quién está aquí!                   cha y te extraña mucho.
              Un hombre que se encontraba cerca del timón,                    - A buscarme?
                                                                                ¿
           se dio vuelta ante el llamado y me miró sorpren­                   -Sí -le dije anhelante-. Debemos volver a
           dido. Algo en él me resultó familiar.                           casa para estar todos juntos nuevamente.




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