Page 87 - Alonso, un conquistador de diez años
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que unas gruesas lágrimas rodaran por nuestras   tan tupida, que apenas me dejaba ver a los ani­
 mejillas. Nos habíamos hecho tan amigos que nos   males que, sin descanso, lanzaban sus estridentes
 parecía extraño pensar que desde ese momento   gritos. De vez en cuando, uno de ellos aparecía en
 ya no viviríamos las mismas aventuras. Nos sepa­  medio de la jungla. Mi alegría fue grande cuando
 ramos sin poder decir ni una sola palabra más y   vi por primera vez un mono. ¡Qyé animalito tan
 yo me integré a la caravana que ya partía.   simpático!  También vi unos papagayos de fuer­
 El viaje fue muy duro. El clima era caluroso   tes y vivos colores.
 y húmedo. Atravesamos pantanos salvajes y una   En una ocasión mientras navegábamos yo ju­
 espesa selva nos rodeó durante todo el recorrido,   gaba con el agua. De pronto, me pareció sentir
 incluso cuando el terreno se hizo montañoso.   que algo me observaba. Fijé mi vista en el río y
 Las  nubes,  cargadas  de  lluvia,  aparecían  en   me encontré con un par de ojos redondos que me
 forma  repentina.  Sin  que  nos  diéramos  cuen­  miraban desde las aguas

 ta, se  vaciaban, impidiéndonos ver más  allá  de   Asustado, retiré la mano rápidamente, y pre­
 nuestras narices. En un dos por tres, nos encon­  gunté  a mi compañero  de banca, señalando la
 trábamos mojados hasta los huesos. Pero con la   extraña criatura con el dedo:
 misma rapidez con la que llovía, salía el sol. Muy   -¿Qyé es eso?
 pronto  estábamos  secos  nuevamente,  aunque   -¡Dios mío! -dijo el hombre, visiblemente
 algo pegajosos.   alterado-, ¡es un cocodrilo!
 La primera parte del  viaje la hicimos en ca­  Los ojos de los pasajeros se dirigieron al horri­
 noa por el tortuoso río Chagres. Cuando llovía,   ble animal. Nuestro guía, un indio más bien bajo,
 este aumentaba copiosamente su caudal y se vol­  moreno y de ojos rasgados, que solo vestía un ta­
 vía muy peligroso, porque arrastraba numerosos   parrabo, exclamó en un vacilante castellano:
 troncos de  árboles  que amenazaban con volcar   -Tener  cuidado.  Ser  un  cocodrilo.  Bestia

 las frágiles canoas. Desde el lugar que ocupaba   muy peligrosa. Morderte y llevarte al fondo del
 en la embarcación, yo miraba temeroso la vege­  río para comerte después.
 tación que nos cubría con sus verdes brazos. Era   El  viaje  continuó,  pero  el  episodio  del


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