Page 86 - Alonso, un conquistador de diez años
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que unas gruesas lágrimas rodaran por nuestras                 tan tupida, que apenas me dejaba ver a los ani­
            mejillas. Nos habíamos hecho tan amigos que nos                males que, sin descanso, lanzaban sus estridentes
            parecía extraño pensar que desde ese momento                   gritos. De vez en cuando, uno de ellos aparecía en
            ya no viviríamos las mismas aventuras. Nos sepa­               medio de la jungla. Mi alegría fue grande cuando
            ramos sin poder decir ni una sola palabra más y                vi por primera vez un mono. ¡Qyé animalito tan
            yo me integré a la caravana que ya partía.                     simpático!  También vi unos papagayos de fuer­
               El viaje fue muy duro. El clima era caluroso                tes y vivos colores.
            y húmedo. Atravesamos pantanos salvajes y una                     En una ocasión mientras navegábamos yo ju­
            espesa selva nos rodeó durante todo el recorrido,              gaba con el agua. De pronto, me pareció sentir
            incluso cuando el terreno se hizo montañoso.                   que algo me observaba. Fijé mi vista en el río y
               Las  nubes,  cargadas  de  lluvia,  aparecían  en           me encontré con un par de ojos redondos que me
            forma  repentina.  Sin  que  nos  diéramos  cuen­              miraban desde las aguas

            ta, se  vaciaban, impidiéndonos ver más  allá  de                 Asustado, retiré la mano rápidamente, y pre­
            nuestras narices. En un dos por tres, nos encon­               gunté  a mi compañero  de banca, señalando la
            trábamos mojados hasta los huesos. Pero con la                 extraña criatura con el dedo:
            misma rapidez con la que llovía, salía el sol. Muy                -¿Qyé es eso?
            pronto  estábamos  secos  nuevamente,  aunque                     -¡Dios mío! -dijo el hombre, visiblemente
            algo pegajosos.                                                alterado-, ¡es un cocodrilo!
               La primera parte del  viaje la hicimos en ca­                  Los ojos de los pasajeros se dirigieron al horri­
            noa por el tortuoso río Chagres. Cuando llovía,                ble animal. Nuestro guía, un indio más bien bajo,
            este aumentaba copiosamente su caudal y se vol­                moreno y de ojos rasgados, que solo vestía un ta­
            vía muy peligroso, porque arrastraba numerosos                 parrabo, exclamó en un vacilante castellano:
            troncos de  árboles  que amenazaban con volcar                    -Tener  cuidado.  Ser  un  cocodrilo.  Bestia

            las frágiles canoas. Desde el lugar que ocupaba                muy peligrosa. Morderte y llevarte al fondo del
            en la embarcación, yo miraba temeroso la vege­                 río para comerte después.
            tación que nos cubría con sus verdes brazos. Era                  El  viaje  continuó,  pero  el  episodio  del


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