Page 26 - Alonso, un conquistador de diez años
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                                                                            UNA  BUENA NOTICIA










                                                                            PoR FIN  LLEGAMOS  A SEVILLA. Comparada con
                                                                            mi pequeño pueblo de Extremadura, esa ciudad
                                                                            era enorme. �edé impresionado al ver sus altas
                                                                            casas, sus murallas y su castillo que llaman Alcá­
                                                                            zar. Ese era el Alcázar de que me había hablado
                                                                            el señor cura. Le pedí entonces a Pelayo que me
                                                                            mostrara la torre de la Giralda.
                                                                               -El señor cura me contó que la habían cons­
                                                                            truido los moros. ¿Sabías tú? -le pregunté.

                                                                               -Por supuesto -me contestó Pelayo-. Era
                                                                            un minarete y desde arriba avisaban la hora en
                                                                            que todos debían orar. Cuando los reyes recon­
                                                                            quistaron Sevilla, trajeron campanas del norte y
                                                                            las pusieron en lo alto de la torre.
                                                                               Justo cuando Pelayo me contaba todo esto, co­
                                                                            menzaron a sonar las campanas anunciando el
                                                                            mediodía.
                                                                               -¡Vamos! ¡Deprisa! -me dijo impaciente-.




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