Page 28 - Alonso, un conquistador de diez años
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¡Ya  estamos  cerca  de  mi  casa  y  tengo  muchas           da. Y dirigiendo la mirada hacia la ventana desde
             ganas de llegar!                                               donde habían lanzado el agua, continuó-: ¿Está
                Me guio por estrechas callejuelas, junto a la               usted ciega?
             muralla de la ciudad. Nuestros pasos resonaban                    -¡Dios  mío,  qué asco!  -dije,  muy  enfada­
             entre los muros blancos de las casas. De pronto,               do-. ¡�é costumbre más  repugnante  esta de
             nos encontramos en una pequeña plazoleta con                   tirar las aguas sucias a la calle!
             naranjos cargados de frutos.                                      En ese momento, de una casa del fondo del ca­
                Pelayo me señaló una callejuela que salía de                llejón salió una mujer que preguntó:
             una esquina de la plaza.                                          -¿�é son esos gritos? -y al mirarnos, ex­
                -¡En esa calle vivo yo!  -me dijo con  viva                 clamó-: Pelayo, ¿eres tú?
             emoción. Y  no era para menos. Pronto se reen­                    Mi amigo no alcanzó a responder, cuando su
             contraría con su familia.                                      madre prosiguió:
                No le contesté, pues experimentaba en ese mo­                  -Pero ... ¿�é te han hecho, hijo mío? ¡Vete a
             mento una extraña sensación. Por un lado añora­                lavar, que hueles muy mal!

             ba a mi madre y por otro, me sentía algo inquie­                  -¿Puede ir también mi amigo? -preguntó
             to ante el inminente encuentro con el mundo de                 Pelayo.
             Pelayo, para mí totalmente desconocido.                           -Por supuesto que sí. Pero date prisa, porque
                Mis  cavilaciones  fueron  súbitamente  inte­               tengo muchísimas ganas de darte un abrazo.
             rrumpidas  por  el  estridente  grito  de  una  voz               La  casa  de  Pelayo  no  era  grande. Entramos
             de mujer:                                                      directamente a una sala donde estaba la cocina.
                -¡Agua va!                                                  Más tarde supe que ahí dormían Pelayo y sus tres
                Nuestra reacción fue lenta. Antes de que pu­                hermanos  menores. La  pequeña  habitación  de
             diéramos correr, nos vimos empapados y emba­                   sus padres se encontraba a un costado de la sala.
             durnados con  las malolientes inmundicias que                  En el patio posterior había un naranjo y varias
             cayeron desde la ventana.                                      gallinas que la familia cuidaba y alimentaba con
                -¡Eh, señora! -exclamó Pelayo con voz aira-                 esmero  para cocinarlas en ocasiones especiales.


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