Page 29 - Alonso, un conquistador de diez años
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¡Ya  estamos  cerca  de  mi  casa  y  tengo  muchas   da. Y dirigiendo la mirada hacia la ventana desde
 ganas de llegar!   donde habían lanzado el agua, continuó-: ¿Está
 Me guio por estrechas callejuelas, junto a la   usted ciega?
 muralla de la ciudad. Nuestros pasos resonaban   -¡Dios  mío,  qué asco!  -dije,  muy  enfada­
 entre los muros blancos de las casas. De pronto,   do-. ¡�é costumbre más  repugnante  esta de
 nos encontramos en una pequeña plazoleta con   tirar las aguas sucias a la calle!
 naranjos cargados de frutos.   En ese momento, de una casa del fondo del ca­
 Pelayo me señaló una callejuela que salía de   llejón salió una mujer que preguntó:
 una esquina de la plaza.   -¿�é son esos gritos? -y al mirarnos, ex­
 -¡En esa calle vivo yo!  -me dijo con  viva   clamó-: Pelayo, ¿eres tú?
 emoción. Y  no era para menos. Pronto se reen­  Mi amigo no alcanzó a responder, cuando su
 contraría con su familia.   madre prosiguió:
 No le contesté, pues experimentaba en ese mo­  -Pero ... ¿�é te han hecho, hijo mío? ¡Vete a
 mento una extraña sensación. Por un lado añora­  lavar, que hueles muy mal!

 ba a mi madre y por otro, me sentía algo inquie­  -¿Puede ir también mi amigo? -preguntó
 to ante el inminente encuentro con el mundo de   Pelayo.
 Pelayo, para mí totalmente desconocido.   -Por supuesto que sí. Pero date prisa, porque
 Mis  cavilaciones  fueron  súbitamente  inte­  tengo muchísimas ganas de darte un abrazo.
 rrumpidas  por  el  estridente  grito  de  una  voz   La  casa  de  Pelayo  no  era  grande. Entramos
 de mujer:   directamente a una sala donde estaba la cocina.
 -¡Agua va!   Más tarde supe que ahí dormían Pelayo y sus tres
 Nuestra reacción fue lenta. Antes de que pu­  hermanos  menores. La  pequeña  habitación  de
 diéramos correr, nos vimos empapados y emba­  sus padres se encontraba a un costado de la sala.
 durnados con  las malolientes inmundicias que   En el patio posterior había un naranjo y varias
 cayeron desde la ventana.   gallinas que la familia cuidaba y alimentaba con
 -¡Eh, señora! -exclamó Pelayo con voz aira-  esmero  para cocinarlas en ocasiones especiales.


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