Page 32 - Alonso, un conquistador de diez años
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abrazó. Mientras el hombre lo estrechaba entre                    -Pero  ...  ¿�ién es este chico? -dijo el hom­
             sus brazos, dijo emocionado:                                   bre al percatarse de mi presencia.
                -¡Pelayo,  qué  alegría  que  estés  de  vuelta!               Pelayo,  entusiasmado,  contó  a  su  padre  mi

             ¿�é tal tu viaje?  Espero que hayas sido obe­                  historia  y  nuestros  planes  de  viajar  juntos  a
             diente  y  no  me  hayas  defraudado  delante  de              las Indias.
             mis amigos.                                                       -Creo  que  no  habrá  problemas  -dijo  el
                -Lo pasé muy bien, pero extrañé nuestro río                 padre de Pelayo con voz más serena-. Álvarez
             y la vida del puerto. ¡�é tierras más secas he­                necesita varios marineros. Su nave es algo anti­
             mos recorrido!                                                 gua, por lo que los hombres de mar prefieren no
                -Me alegro de que te atraiga tanto la vida del              viajar con él. ¡Insensatos!  ¡Si lo más importante
             río y del mar -exclamó su padre con rostro ri­                 en estos viajes tan inciertos y aventurados es la
             sueño-. ¡Te tengo una gran noticia  ...  !                     experiencia y la calidad del capitán!
                Ante la pausa intencionada del hombre, Pela­                   Como ya había anochecido, el padre de Pelayo
             yo dijo impaciente:                                            decidió que la entrevista con el capitán sería al

                -¿Cuál,  cuál  es  esa  noticia?  Dímela  ya,               día siguiente. Mi emoción era tal que escasamen­
             por favor.                                                     te pude dormir. Echado sobre un jergón, en un
                -¿Recuerdas a mi amigo, el capitán Álvarez?                 rincón de la tibia cocina, imaginé las aventuras
                -¿El que ha ido dos veces a América?                        que nos aguardaban.
                -Sí, el mismo. Pues, ¡alégrate!, me ha ofreci-
             do llevarte como grumete en su bar_co.
                Pel ayo  se sonrojó de tal forma, que sus mejillas
             adquirieron el color de su cabello. Entretanto, yo
             había permanecido  tímidamente sentado  en  la

             banca. Al producirse una pausa en la conversa­
             ción, me atreví a preguntar:
                -¿Sería posible que fuera yo también?


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