Page 20 - Alonso, un conquistador de diez años
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mente de mi edad. Tenía la cara llena de pecas y cuyo cansado aspecto revelaba muchos días de
el cabello colorín. Reía alegremente en compañía camino. Comían con voracidad y conversaban
de otros dos muchachos, que contemplaban ad sobre el viaje que realizaban.
mirados su destreza en el juego. En medio del bullicio general, Pelayo
-¿�é miras? -me dijo en cuanto me vio. me preguntó:
Yo retrocedí unos pasos y un tanto insegu -¿Cómo te llamas?
ro respondí: -Alonso Almendralejo -contesté-. Y tú
-A ustedes. ¿Puedo jugar yo también? eres Pel ayo . Ya oí cuando te llamaron.
-¡Pues claro que sí! -contestó el mucha- -Sí, Pelayo Martínez -dijo a su vez y, con
cho-. ¿Sabes hacerlo bailar? curiosidad, prosiguió-: ¿�é haces aquí? ¿Es
En ese momento, desde el interior de la posa tás solo?
da, se oyó una fuerte voz que llamaba: En pocas palabras le conté mi historia.
-¡Pelayo! ¡Pelayo, ven a desayunar! -¡�é suerte! Nosotros también vamos a Se
El niño pelirrojo se levantó y corrió, desapare villa ... -y con cierto orgullo, agregó-: Yo vivo
ciendo dentro de la posada. ¡�é fastidio! ¡Justo en esa ciudad.
cuando iba a jugar! Pero, lo que era aún peor, te -:- ¿ Y por qué estás tú aquí? -le pregunté.
nía un hambre feroz, pues no había probado bo El, casi a gritos a causa de la algarabía,
cado desde el día anterior. me respondió:
Me senté bajo un árbol. De pronto, el niño del -Estoy trabajando. Me han contratado estos
trompo regresó y me invitó a ir con él. señores para ayudarlos en su viaje a Salamanca.
-¿�ieres acompañarme? -me propuso. Hemos ido en busca de mercadería para enviar a
Acepté feliz. América. ¡Ya llevo un mes con ellos!
Una vez en el interior de la posada, me encon Mientras tomábamos desayuno pude escu
tré sentado ante una mesa junto a los acompa char la conversación de los mercaderes y de los
ñantes del niño pelirrojo. Eran cuatro hombres, demás hombres que se encontraban en la posada.
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